Las palabras cruzan por mi mente, pero se atoran en mi garganta. Hace días que quiero escribir, pero tengo miedo de poner en papel todo lo que no deja de dar vueltas en mi cabeza. De decir en voz alta lo que me asusta escuchar. He tratado de pensar en todo y en nada. Pero entre más me esfuerzo para no pensar, el empeño que invierto, me hace analizarlo más.
Ojala pudiera ponerle pausa a todo. Sentarme en la orillita y no ver nada, más que las que cosas que han dejado de ser evidentes.
Son épocas, son rachas. Nada ha cambiado. Sigo amando a los que me han dado el impulso de la vida. Sigo sembrando sueños y planes como siempre. Mi corazón se emociona con cada proyecto nuevo que se me ocurre. Quiero volver a bailar. Quiero inmortalizar la vida con una cámara. Muero por viajar y descubrir cosas que nunca antes he visto. No deseo nada más que el aire recorra con regularidad todo mi cuerpo. Oir las olas del mar, mientras puedo concentrarme leyendo novelitas intrascendentes. Quiero un macaroon de Laudre. Quiero cerrar los ojos y ver solo estrellas.
Anhelo aprender a dejar ir. Ojala hubiera un curso para eso, o alguien que me dijera cómo hacer para que tanto ruido exterior se convierta en silencio habitual para mi.
Quiero saltar. Pero no me atrevo.
Quiero que las horas pasen rápido, que se conviertan en días. Y que después se detengan.
Me gustaría que estas palabras no sonaran tristes, pues no lo son. Aunque proyecto confusión, estoy segura de una cosa: nunca había sido tan feliz. Encontré lo que buscaba. Con detalles, han llenado mi alma, y han convertido mis sueños en la mejor de las realidades. Cuando observo todo el cuadro, me gusta lo que veo.
Hay partes tenues y borrosas. Pero cada rincón esta lleno de luz.
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